Italia – Florencia en su esplendor

Existe un lugar desde donde se puede observar la ciudad de Florencia. Como si fuese desde el aire, ese mismo lugar nos deja ver maravillosamente la cúpula de Brunelleschi, y cómo el río Arno divide a Florencia en dos. Que casualidad que exista este lugar, porque Florencia necesita ser admirada en todo su esplendor.

Piazzale Michelangelo

Se trata del mirador dedicado a Miguel Ángel, que fue construido en 1869 con motivo de renovación de la ciudad. Es que Florencia para ese entonces era la capital de Italia.

Vista de Florencia desde Piazzale Michelangelo

Desde el mirador podíamos reconocer los lugares por donde habíamos estado caminando el día anterior. Esa parte de la ciudad en la que se originó el movimiento renacentista, y que había acompañado el proceso de terminación de la famosa cúpula de Brunelleschi. Pero eso fue sólo el comienzo, porque aún faltaba lo mejor para esta ciudad.

Cocktail de genios renacentistas

Fue en la época de Lorenzo de Médiciapodado como Lorenzo el Magnífico y nieto de Cosme de Médici, cuando Florencia se convirtió en una fábrica de cultura, y todos competían para ganar el próximo encargo. Ya habían descubierto a Sandro Botticelli, y le seguía el turno a un artista que desarmaría el mundo para ver cómo funcionaba: Leonardo Da Vinci. Los talentos seguían apareciendo, y llegaría el turno de uno muy especial con sólo 13 años de edad: Miguel Ángel Buonarroti. Lorenzo de Médici, encantado con su trabajo, lo llevó a su casa para que viviese en el Palacio Médici y creciera junto a sus hijos como si fuese uno más de la familia. Además lo invitaban a sentarse en la misma mesa con Botticelli y otros genios, lo que representaba para él una gran fuente de conocimientos. Como si la varita mágica lo hubiese tocado, pudo así desarrollar su arte alimentado por el dinero de su mecenas. Lorenzo gastaba fortunas en arte y festejos públicos al mejor estilo del «Pan y Circo» del Coliseo. Era poeta y seductor, y eso venía colado con las fiestitas «no aptas para todo público» que se armaba. Era experto en las armas, pero prefería la diplomacia para lograr mejores resultados, y logró mantener el equilibrio en una Italia dividida. Es por esto que cuando muere Lorenzo de Médici temieron que se perdiera la paz, y acto seguido Miguel Ángel huyó de Florencia.

El David de Miguel Ángel

Cuando Miguel Ángel regresa a Florencia, después de haberse cargado de experiencia en Venecia y Roma, recibió el encargo de realizar una escultura que representara a David, el vencedor sobre Goliat. Le entregaron un bloque de mármol que estaba abandonado y oculto en el Duomo de Florencia, sobre el que varios artistas habían intentado sacar algo de la pieza pero sin éxito. A sus 26 años Miguel Ángel Buonarrotti comenzó a trabajar sobre ese bloque de mármol, que ya no tenía margen de error. Decía que establecía una relación íntima con el mármol desde la cantera, y su trabajo consistía en liberar a la forma que estaba allí dentro. Pasó cuatro años esculpiendo el bloque al que llamaban “El gigante”, que medía 5 metros.

Decidió no vestir a su David porque creía que la desnudez simbolizaba al hombre en armonía con la naturaleza, y fue desde entonces el ideal de belleza masculina.

Como si estuviera vivo: una melena tupida y alborotada, los ojos fijos y abiertos clavados en su objetivo, el ceño fruncido con cierto dramatismo, sus músculos y venas definidas, posándose como en un movimiento sutil. 

La intención de este encargo era exhibir la escultura en lo alto de la Catedral de Florencia, por eso el bloque de mármol era tan grande, para que pudiera ser visible desde el suelo. Pero cuando lo vieron terminado consideraron que esta obra colosal se merecía otra ubicación, un lugar donde pudieran observarse los detalles, y la puerta del Palazzo Vecchio era una gran opción. Ese cambio de contexto materializó otro significado para esta creación, porque en un edificio religioso se entendía como «David, el profeta», pero colocado en un edificio de gobierno se convirtió en el símbolo de la propia ciudad. Pero no era cualquier símbolo, sino uno que expresaba el ideal republicano que dominaba Florencia, y por lo tanto representaba la resistencia a los Médici que estaban exiliados. Tanto Miguel Ángel, que los conocía muy íntimamente por haber vivido con ellos desde chico, como otros tantos ciudadanos, creían que los Médici se habían puesto en contra de los intereses de Florencia. Al terminar el David, Miguel Ángel partió hacia Roma nuevamente, donde lo esperaban otros grandes proyectos como los frescos de la Capilla Sixtina.

La escultura del David que hoy se puede visitar en la Gallería dell’Accademia (Galería de la Academia) tuvo que ser curada de las heridas del pasado. Al ver la perfección de semejante obra, me paralizó la idea de saber que durante una revuelta popular por el regreso de uno de los Médici a Florencia (el Papa Clemente VII), sufrió la fractura de su brazo izquierdo. Por suerte Giorgio Vasari que pasó por ahí en el momento justo, juntó las piezas y las guardó durante 17 años hasta presentar su propuesta de restauración a Cosme I de Médici. Sumado a esto, el hecho de que la escultura haya permanecido durante 370 al aire libre, tuvieron que realizarle un gran trabajo de limpieza y restauración para quitarle de encima la agresividad de la intemperie.

En definitiva, supongo que Miguel Ángel deberá sentirse orgulloso de su gigante David. Como una novela, el David hizo de malo al ser utilizado como símbolo de la república florentina que se oponía al principado de los Médici. Ahora sólo se dedica a actuar de galán, porque logra atraer a millones de turistas a la ciudad a apreciar sus mejores atributos. Nos obliga a comprar la entrada anticipada para visitarlo, y es muy apuesto a pesar de tener más de 500 años.

El esplendor de Florencia no terminaba con Lorenzo de Médici, sino que continuó creciendo con Cosme I de Médici en el barrio de Oltrarno, la otra Florencia.

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