Misiones – Visita a las Ruinas de San Ignacio y Piporé

Un viaje al sur de la provincia de Misiones. A unos 244 kilómetros de distancia de Puerto Iguazú se encuentra la localidad de San Ignacio, donde la conservación de la Reducción Jesuítica de San Ignacio Miní, hace que valga la pena su visita. La imaginación hace el resto. Aprovechando que andábamos en la zona, visitamos también el establecimiento yerbatero Piporé, en el que conocimos el proceso de la yerba mate.

El camino desde Puerto Iguazú a San Ignacio es muy pintoresco, pura vegetación, tierra colorada, y las ya conocidas subidas y bajadas, que por suerte esta vez las disfrutamos desde el confort del auto.

Las ruinas de San Ignacio Miní están en plena ciudad, y el punto de partida para visitarlas es su Museo.Tengan en cuenta que las excursiones de las agencias de viajes suelen ofrecer sólo la visita a estas ruinas, pero para quienes vayan en auto y tengan tiempo, sepan que la entrada incluye la posibilidad de visitar las tres ruinas: San Ignacio Miní, Santa Ana, y Loreto. Eso hicimos.

Como siempre me gusta contar algo de historia (muy) breve, y en este caso sobre como era el sistema de la misión. Cuando llegaron los jesuitas a América en el siglo XVII fundaron 30 misiones prósperas en la región de Brasil, Paraguay y Argentina. Todas tenían el mismo trazado urbano, y convivían unos 4.500 habitantes en cada misión. Las construcciones eran de piedra llamada arenisca roja, que fueron trasladadas a cada misión en carretones tirados por bueyes desde las barrancas del río Paraná, y puestas una encima de otra utilizando el sistema de poleas (para darse una idea de lo avanzados que estaban en el uso de la tecnología). Si bien había una distancia de 30 y 40 kilómetros unas de otras, cada misión tenía una torre de vigilancia desde la que podían tener contacto visual con el resto, y avistar al enemigo que siempre tenía algún motivo para cantar presente. Estos enemigos fueron mayormente los bandeirantes, una compañía formada por los portugueses que traían esclavos desde África, y cuando no pudieron hacerlo más, comenzaron a mirar a los guaraníes para tal fin. Por su parte, los españoles hacían lo mismo aunque disfrazaran el trabajo penoso con el nombre de Encomienda. ¿Tenían los guaraníes alguna otra posibilidad de supervivencia fuera de las misiones? ¿Desprotegidos y sin armamento? Claramente no, y de alguna manera la orden jesuítica los exceptuaba de ese sistema. Y ¿quiénes eran los jesuitas? eran hombres religiosos pero también militares, y que conformaron la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1534. Tenían estructura militar donde al jefe superior lo llamaban General, le seguían los Tenientes, y por lo tanto tenían un rígido orden disciplinario, y así como realizaban los tres votos clásicos de toda orden religiosa (castidad, pobreza, y obediencia), agregaron un cuarto voto que fue el de obediencia ciega al Papa, lo que generó un puntito en contra para los jesuitas dado que su obediencia era al Papa y no al Rey. La organización de las misiones no fue fácil ni para los guaraníes, ni para los padres jesuitas que comenzaron viviendo 200 de ellos y todos juntos por miedo. Una vez que pudieron avanzar en su principal misión que era la evangelización de los guaraníes, y en establecer las reducciones en un lugar más seguro, hicieron falta sólo dos jesuitas para desarrollar este imperio. De 200 sólo 2, para controlar 4.500 personas demuestra la grandeza de esta organización. Pero como decía, este proceso no fue de la noche a la mañana, y hablando de rutinas, las jornadas diarias comenzaban con las campanadas de las 4:00 am para despertar a todos. Le seguía la misa en la Iglesia a las 6:00 am para los hombres, luego iban las mujeres, y los niños que practicaban en los coros. Durante el día las familias debían rezar sus oraciones 3 veces más, y por la tarde (como si fuera poco) cerraban la jornada rezando el Rosario en la Iglesia.

Cada misión se especializaba en algo y en San Ignacio Miní cultivaban la yerba mate. Tuvieron colegios, hospitales, imprentas, existía el trueque entre las misiones, y cada una se auto abastecía. Eran ciudades cristianas perfectas. En un momento dado llegaron a exportar sus productos y dejaron de comercializar con las colonias españolas, otro puntito que rebalsó el vaso y motivo suficiente para lograr la expulsión de los jesuitas de estos territorios en 1767, junto a la destrucción de la obra que les había llevado toda la vida levantar.

La visita comienza en el museo de las Ruinas de San Ignacio Miní, en guaraní “Miní” significa pequeño, y donde hay una maqueta con la traza urbana de la reducción, que se repetía en las misiones de otras localidades. Fue por el año 1940 que iniciaron la reconstrucción de las ruinas que habían sido sepultadas por la selva.

Tomando como referencia la Iglesia que era la construcción más alta, a su derecha se ve parquizado el cementerio donde enterraban a los guaraníes, y que estaba dividido en 4 sectores, por dos calles que se cruzaban. En un sector enterraban a los niños, en otro a los adultos, y a su vez se dividían por sexos. A continuación del cementerio se ve una pequeña estructura llamada cotiguazú donde vivían las viudas, huérfanos y ancianos, que eran ayudados y sostenidos por toda la comunidad. A la izquierda de la Iglesia hay una estructura mayor que es donde vivían los padres jesuitas, estaban las aulas de la escuela, y la escuela de música. En el medio de la maqueta se observa un espacio parquizado que era el patio central o el de armas, y el resto de las estructuras se dividían entre viviendas de los guaraníes, lugares de almacenamiento de todo lo que se producía: yerba mate, caña de azúcar, tabaco, los talleres de carpintería, herrería, producían pisos, tejas, entre otras actividades que permitían que el pueblo fuera autosuficiente.

Ya informados restaba por visitar lo que quedó de aquella realidad.

De lo que queda, la Iglesia es la edificación más impactante, de hecho la imagen clásica de San Ignacio Miní son los pórticos de esta Iglesia, de estilo barroco, con un trabajo en el ladrillo que es admirable.

El interior tiene 74 metros de largo por 27 metros de ancho, y originalmente alcanzaba los 15 metros de altura. Hoy se preservan 10 metros de altura en los muros laterales, donde las columnas de piedra fueron reconstruidas por restauradores para que nos podamos imaginar como era la altura de aquella época. Los huecos en la piedra era donde se alojaban las columnas y ventanas de madera, que fueron consumidas por el fuego.

Una foto que a pesar del reflejo propio, nos permite imaginar como conjugar las ruinas con el edificio original.

En el fondo está delimitado lo que fue el altar mayor donde se sepultaban a los Jesuitas, y allí se encuentran José Cataldino y Simón Masceta, ambos fundadores de esta misión. La Iglesia no tenía bancos y según dicen los estudios, tenía capacidad para 3.000 personas.

Las ruinas de San Ignacio son las más turística porque es la que conserva mejor y mayor edificación en pie. Las piedras restauradas fueron marcadas con números para que al momento de colocarlas lo hicieran en la misma posición.

Desde San Ignacio visitamos luego las ruinas de Santa Ana y Loreto al final, que si bien tienen menos estructura en alto, aparecen nuevos elementos como el cementerio, y las letrinas que completan aún más el concepto de cómo era el sistema dentro de las misiones.

Las ruinas de Santa Ana están a 18 kilómetros al sur de las de San Ignacio Miní, en el municipio de Candelaria. A pesar de que todas las misiones tenían el mismo trazado urbano, ésta se ve bastante más consumida por la selva y con un trabajo de restauración por delante.

En esta ruina se ve el sistema de canalización pluvial hasta finalizar en la cisterna.

El clima no ayudaba y sumado a la soledad del lugar, fueron dos factores que dieron un aspecto muy especial (casi de película de terror) al sector del cementerio.

Cuando salimos del predio de Santa Ana, ya a punto de subir al auto, vimos una chica sentada en la galería de la entrada que nos preguntó si podíamos llevarla a la ruta porque era imposible caminar con esa lluvia. Ella era Linda Brown, una chica holandesa que dejó su país, pertenencias y familia por dos años para recorrer el mundo. ¡Que casualidad habernos encontrado con ella en un lugar prácticamente inhóspito! La invitamos a visitar lo que seguía en nuestro tour del día, mientras ella nos contaba sus anécdotas y experiencias de viaje.

A 10 kilómetros de Santa Ana y de regreso a San Ignacio, se encuentra la entrada a las ruinas de Nuestra Señora de Loreto, y luego son 3 kilómetros hacia adentro desde la ruta Nacional 12. En ese momento llovía a cántaros pero como el camino estaba firme para entrar nos aventuramos.

Perspectiva de que fuera a dejar de llover: ninguna, y chances de regresar: no teníamos, así que salimos igual a recorrer.

Debajo de este tinglado están los restos de la capilla que está siendo restaurada, y allí se ve la imagen de la Virgen Nuestra Señora de Loreto, que es también la patrona de la Fuerza Aérea Argentina y de la Aviación Argentina.

Dado que en Loreto contaban con documentación que mencionaba la existencia de letrinas, es que se realizó este trabajo arqueológico.

También se hallan sepultadas las reliquias de Antonio Ruiz de Montoya, nacido en Lima (Perú), sacerdote jesuita y escritor. Hay en la ciudad de Posadas un instituto terciario que lleva su nombre con el fin de honrar a todos los sacerdotes de las misiones guaraníes. Pero el padre Antonio se destacó por ser quien lograra la hazaña de traer a 12 mil guaraníes desde las tierras brasileras hacia nuestro país, que estaban siendo esclavizados por los llamados bandeirantes. Fue así que tuvo que armar a los guaraníes para su defensa, y fundar más reducciones para albergar a tanta gente, así como organizar el sistema de la misión. Cuando todos fueron exiliados, Antonio, que ya sabía la lengua guaraní, escribió libros y un diccionario de los que muchos historiadores rescataron la historia de esta época. Esto es una brevísima descripción de algo que leí, pero es la diferencia de ver una lápida o imaginarse la historia.

La última parada del paseo fue en Piporé, un establecimiento yerbatero ubicado a 30 kilómetros de estas ruinas, y donde había averiguado que recibían gente de manera espontánea, sin tanta reserva previa. Allí nos recibió uno de los históricos encargados que nos invitó primero a ver un video sobre el proceso de elaboración de la yerba mate, y luego pasamos al museo donde están las primeras maquinarias que usaban para todo ese proceso, y que aún hoy funcionan.

Quien guste saber sobre el proceso, este folleto lo explica muy bien.

Un lindo paseo para nosotros, ya que sin dudas el mate forma parte de nuestra identidad. Y quedará como un recuerdo para Linda, porque fue ahí donde compró su “Mate Kit” (como dice ella) que finalmente la acompañaría en el resto de su travesía.

Linda estaba trabajando en un hostel de San Ignacio donde nos despedimos, pero quedamos en encontrarnos la próxima vez que pasara por Buenos Aires, y fue nos reencontramos al poco tiempo en el Jardín Japonés.

La vuelta fue bastante dura porque ya había bajado el sol y llovía, sumado a las subidas y bajadas, y algunos camiones. Pero llegamos bien. Disfrutamos mucho cada momento. Nos encantó Misiones. En el tintero nos quedó Moconá. Queremos volver. Pronto.

2 pensamientos sobre “Misiones – Visita a las Ruinas de San Ignacio y Piporé

  1. Lorena

    Necesitaría saber cuanto tiempo lleva recorrer las ruinas de San Ignacio solas, y cuanto si quiero recorrer las de Santa Ana y Loreto.

    1. Lorena Martinez Autor del artículo

      Hola Lorena!
      De las tres ruinas la más completa es la de San Ignacio, que además tiene un museo. Esta visita te puede llevar 1 hora y media. Las otras dos ruinas (Loreto y Santa Ana): 2 horas entre visita y viaje entre una y otra. Como yo estaba alojada en Puerto Iguazú, visitar las tres ruinas me llevó todo el día. Para llegar a San Ignacio son 250 kilómetros que te llevan 3 horas de ida, más la vuelta, las otras dos ruinas están relativamente cerca. Para hacerlo por tu cuenta deberías alquilar un auto, salir bien temprano (7 am) y tratar de regresar lo más temprano que puedas porque si bien la ruta está buena, tiene muchas subidas y bajadas, y no está iluminada como una autopista… (es mi sugerencia!). Saludos y gracias por escribirme!!

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